EL DILEMA POLACO

    Una ola de autoritarismo eurófobo se está apoderando de la vida diaria de los polacos, desde que el partido Ley y Justicia (PiS) obtuviera mayoría absoluta el 25 de octubre de 2015. La llegada de Beata Szydilo a la jefatura del gobierno ha provocado numerosos choques con la Unión Europea, siendo la tala del bosque de Bialowieza el más reciente. Sin embargo ningún asunto puede eclipsar la polémica abierta por la reforma de la justicia, cuya pretensión es deshacer la división de poderes. Las advertencias de la Comisión Europea dan una idea de la tensión existente, al punto de sopesar la puesta en marcha de sanciones previstas en el Artículo 7 de los tratados europeos. ¿A qué se debe esta involución? La buena situación económica que atraviesa el país le ha permitido amortiguar tanto la crisis de 2008 como las sanciones entre la UE y Rusia. Sin embargo, existe una desigualdad subyacente que ensombrece dicha situación. Sueldos bajos, temporalidad, endeudamiento, corrupción,… Estos son alguno de los ingredientes que ayudaron a popularizar la formación ultraconservadora, al tiempo que muchos votantes se desmovilizaban. Ahora el proteccionismo de raíz populista ha impregnado la sociedad polaca, con especial incidencia en las capas más empobrecidas, mayores de 55 años y áreas rurales.

    Polonia, tradicional campo de batalla por la libertad de Europa, está dilapidando su brillante hoja de servicios. Basta recordar algunos episodios de su historia reciente. En abril de 1943 los judíos confinados en el Gueto de Varsovia se alzaron en armas contra sus captores alemanes. Un año más tarde los habitantes de la capital se rebelaron contra los invasores, pero sin contar con el auxilio del Ejército Rojo. En represalia por este inesperado levantamiento, los nazis redujeron la ciudad a escombros. Acabada la Segunda Guerra Mundial, una tiranía fue sustituída por otra. Tras la muerte de Stalin en 1953 comenzó a gestarse un movimiento de oposición que cristalizaría en el Octubre Polaco de 1956. La movilización de los obreros de Poznan alentó un movimiento popular que derribó las viejas estructuras, para encumbrar al reformador Wladyslaw Gomulka. Años más tarde, el incremento de los precios en productos básicos motivó una respuesta en los astilleros Gdansk que culminó en la violenta represión de diciembre de 1970. Nuevas protestas se produjeron en Lodz (1971), Plock, Radom y Varsovia (1976). Tras la visita de Juan Pablo II en 1979 los bríos nacionales tomaron impulso, y apenas un año después se fundó el sindicato Solidaridad (1980). Será un amplio y organizado movimiento de trabajadores que por primera vez se oponga a un Estado teóricamente obrero. La ley marcial de 1981 llevó a muchos de sus miembros a la cárcel, quedando prohibido el sindicato en 1982. Aún así las actividades clandestinas continuaron entre 1983 y 1989, momento en el que Lech Walesa se convirtió en interlocutor reconocido por el gobierno comunista. Ese mismo año se celebraron elecciones competitivas que allanaron el camino para que el líder sindical accediera a la presidencia en 1990. A partir de ese instante dio comienzo el realineamiento de Polonia, entrando en la OTAN en 1999 y en la Unión Europea en 2004. Su apuesta por el hemisferio occidental era imparable. ¿Cuándo dejó Polonia de apostar por la democracia?

    Aunque el partido Ley y Justicia esté dando la espalda a la vía europeísta, el desafío está lejos de terminar. Desde diferentes puntos del país comienzan a recobrarse las fuerzas perdidas que condujeron a un 49,1% de abstención en 2015. El pasado 16 de julio más de 10.000 personas se concentraron frente al parlamento nacional o Sejm en Varsovia, enarbolando enseñas polacas y de la Unión Europea. Marchas similares de produjeron en Cracovia o Katowice, demostrando que se trata de una verdadera contestación nacional. Al calor de estas manifestaciones la opositora Grzegorz Schetyna declaró: “Hoy ha comenzado la gran pelea y sabemos que debemos estar juntos, que debemos luchar juntos”. Esta reivindicación es compartida por los expresidentes Walesa, Kawasniewski y Komorowski. El presente pulso no supone un fracaso para la Unión, antes bien brinda la oportunidad de un rearme moral. Jean-Claude Juncker lo recordaba recientemente en referencia a la cuestión turca: “Quien quiera formar parte de la Unión Europea, se adhiere a una Unión de valores”. En efecto, las divergencias con el llamado Grupo de Visegrado o V4 (Hungría, Polonia, Eslovaquia y República Checa) refuerzan la idea de una Europa más allá de los mercados, que busca de manera incansable la consecución de sus virtudes fundacionales.

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