UNA VICTORIA INCÓMODA

Tras ganar con mayoría absoluta las elecciones generales de 2015 y haber conseguido en Bruselas un acuerdo a comienzos de 2016, David Cameron creyó encontrarse a las puertas de su consagración. Así fue como precipitó el disparatado referendum sobre el brexit que acabó costándole el puesto. Menos de un año después su sucesora tropieza en la misma piedra, jugándose a una carta el porvenir de la nación. Quien fuera uno de los grandes delanteros de la selección inglesa de fútbol, Gary Lineker, describió así el resultado en la red social Twitter: “Creo que Theresa May se ha ganado el título de autogol del año”. Bromas aparte es evidente que cortar amarras con la Unión Europea ha dejado a Gran Bretaña sin rumbo, y por lo que vimos el 8 de junio, sin capacidad de recobrarlo en el corto plazo.

   ¿Asistiremos a un cambio de rumbo en Downing Street? Esencialmente no, los dos grandes partidos aceptan el brexit como hecho indiscutido, pero el reflejo de las urnas aconseja modular el discurso conservador. La senda aislacionista de Theresa May ha cosechado la desconfianza tanto del electorado como de su partido, avivando voces críticas como la del ex ministro de Finanzas George Osborne. Este paso en falso, difícil de detectar en las elecciones locales  de mayo, radica fundamentalmente en la trascendencia de los propios comicios. El elector lo entendió así, y sectores muy concretos de la población vieron condicionado su voto. Es el caso de las ciudades, proclives a la permanencia en la Unión Europea y que en modo alguno desean un brexit duro. Ni siquiera los recientes atentados de Londres y Mánchester, dónde los laboristas fueron mayoría, favorecieron el mensaje re-nacionalizador de la primera ministro. Otras urbes como Leeds, Birmingham, Liverpool, Notthingham, Cardiff o Bristol, también dieron la espalda al Partido Conservador. La edad de los votantes fue igualmente determinante, pues aquellos comprendidos entre los 18 y los 34 años se decantaron de forma abrumadora por los socialdemócratas. Es comprensible. Una generación cuya primera madurez intelectual se produce en el siglo de la globalización, no entiende la necesidad de levantar muros. Por último cabe destacar el voto nacionalista, algo más dispar. Mientras Sinn Fein crecía en escaños, el Scottish National Party ha retrocedido visiblemente. Los analistas parecen coincidir en que el renacido voto conservador en Escocia, se debe a la popularidad de su cabeza de cartel Ruth Davidson. ¿Estamos frente a una posible candidata a primera ministro? El baile de nombres en los últimos días ha sido frenético.

   Esta ecuación no estaría completa sin Jeremy Corbyn. Antaño cuestionado, su mayor mérito ha sido mantener una posición perseverante. Aunque el prestigioso analista Owen Jones señala la virtud de sus convicciones ideológicas, reflejadas en el manifiesto For de Many, no podemos excluir el factor oportunidad. Diríase que ha estado en el lugar adecuado y con las propuestas adecuadas. Frases como “la falta de acuerdo con la UE sería un desastre económico y el peor acuerdo posible” han sido más efectivas que cualquier esencialismo izquierdista. Sea como fuere Corbyn ha logrado situar al Partido Laborista en el retrovisor de los conservadores, disuadiendo a Theresa May de emprender nuevas aventuras plebiscitarias. Pero nada está cerrado. La futurible alianza con los norirlandeses del Democratic Unionist Party es puntual, y no garantiza la legislatura. La obligada búsqueda de alianzas parlamentarias hace que los 262 asientos laboristas multipliquen su valor, condicionando la postura negociadora del gobierno británico.

   Desde el continente las cosas se ven con cierta inquietud, pues el fracaso de la línea dura no marca el fin del camino. El presidente del Consejo Europeo, Donald Tusk, apremió a sus interlocutores al afirmar: “No sabemos cuándo empezarán las negociaciones del brexit, pero sí cuando deben acabar”. En una línea parecida se ha expresado el comisario de Economía de la UE, Günter Oettinger, quien afirmó con cierta preocupación: “Necesitamos un gobierno que pueda actuar”. A pesar de la incertidumbre creada, de la posibilidad lejana pero real de unas nuevas elecciones, la Unión Europea se apunta una pequeña victoria moral. El coste político de una confrontación con Bruselas es muy alto, divide a la sociedad y puede provocar la caída de quien lo intente. Este es un poderoso mensaje que puede dirigirse a los miembros del grupo Visegrad o V4 (Hungría, Polonia, República Checa y Eslovaquia) cuya actitud díscola es causa de tensión… La partida no ha hecho más que empezar.

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