LAS ELECCIONES EN EL REINO UNIDO

El pasado mes de abril Theresa May realizaba un arriesgado movimiento político, adelantando las elecciones británicas al jueves 8 de junio. Con una oposición en horas bajas, la primera ministro deseaba despejar el camino para negociar un Brexit duro y sin oposición. Los comicios municipales de mayo parecían darle la razón. Lejos de pasarle factura, la invocación del Artículo 50 del Tratado de Lisboa reforzaba su apuesta. En efecto, la formación “tory” incrementó su representación en 558 concejales mientras sus principales competidores se hundían. No obstante, las expectativas conservadoras se han ido enfriando en la recta final de la campaña. ¿A caso está disminuyendo el apoyo al Brexit?

   Como todos recordamos el referéndum de 2016 se saldo con un sonoro fracaso del Remanin, si bien es cierto que fue respaldado por un 48%. A priori se trata de un porcentaje nada desdeñable donde puede haber un caladero de votos importante, para aquel partido que sepa reactivar la causa europea. Sin embargo este razonamiento puede resultar engañoso y los primeros en percatarse de ello han sido los Liberal Demócratas. Desfondados tras la cohabitación con David Cameron buscan en la frustración del Brexit una nueva razón de ser. Su actual líder Tim Farron abandera la posición más audaz, al exigir que el futuro acuerdo sobre el Brexit sea objeto de una nueva consulta. Pero algo falla en esta estrategia ya que todas las encuestas lo sitúan por debajo del 10%. En realidad los liberales están más interesados en captar el voto moderado del laborismo que en articular un verdadero discurso europeísta. Tal como afirmo el propio Farron: “Gran Bretaña necesita una oposición política fuerte, y los laboristas no están por la labor”. Una de las claves de este espejismo reside en la cantidad de voto independentista que nutre las filas pro-europeas. El Partido Nacionalista Escocés (SNP) de Nicola Sturgeon pidió a finales de marzo un segundo referéndum, mientras Sinn Fein exigía una consulta para la unificación de la isla. Los norirlandeses alegan que el Brexit “será un desastre para la economía y un desastre para el pueblo de Irlanda”. Así pues, el europeísmo se convierte en un arma de doble filo que puede amenazar la vertebración del Reino Unido.

   Es por ello que los dos grandes partidos han optado por abandonar sus posiciones iniciales y adaptarse a la situación dictada por el 52% del electorado, a favor del Leave. El Partido Conservador es el que ha adoptado una postura más intransigente, motivado por diferentes causas. La primera es cerrar la puerta a las opciones secesionistas, dispuestas a aprovechar cualquier resquicio en este proceso. La segunda es neutralizar y absorber al Partido de la Independencia (UKIP), una formación competidora aunque en franca decadencia. Y la tercera, forzada en parte por las dos anteriores, radica en no decepcionar a esa mayoría social que aposto por la partida y que no entendería una salida en falso del Reino Unido. Esta estrategia puede estar escorando excesivamente a los conservadores, abriendo el abanico de una clase media sumida en la incertidumbre. Ahí es donde el discurso del Partido Laborista encaja como un guante, al encarnar un Brexit más flexible. En las últimas semanas las opciones de Jeremy Corbyn se han multiplicado, presentándose como el voto útil frente a ese Brexit duro e irracional. El miedo a salir de la Unión Europea incluso sin acuerdo convierte a Theresa May en una suerte de Trump británica, cuya vehemencia puede costarle caro al contribuyente. Los socialdemócratas en cambio, acusados de haberse instalado en la radicalidad tras la dimisión de Ed Milliband en 2015, se presentan como la opción posibilista capaz de negociar con mayor amplitud de miras. ¿Será suficiente para cambiar las tornas? ¿Habrá un voto conservador oculto?

   Más allá de cualquier elucubración, parece evidente que tanto partidarios como detractores del Brexit empiezan a sentir cierto vértigo. Lo que ahora tienen que decidir no es el “qué” sino el “cómo”. La lista de afectados es interminable: empresas que temen perder competitividad, capitales que temen perder su libertad de movimiento, gobiernos locales que temen perder ayudas, pensionistas que temen perder poder adquisitivo,… El único titular que puede anticiparse, según los datos disponibles, es la indiscutible apuesta por el bipartidismo. En medio de esta tormenta perfecta, los dos grandes partidos acapararían cerca del 80% del voto emitido. El electorado británico sigue prefiriendo la seguridad de las marcas tradicionales, pilares no solo del pasado y del presente, sino del futuro de la nación.

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