LA VICTORIA DE FRANCIA

Tras la investidura de Emmanuel Macron poco hay que añadir sobre las elecciones presidenciales francesas. Más allá de los porcentajes, de vencedores y vencidos, se hace necesario homenajear al electorado francés. Tras lo acontecido el 7 de mayo, queda patente que la intolerancia ha perdido una gran batalla.

   Nuestro vecino es el país de la UE con más población musulmana, con 5 millones de fieles aproximadamente. Esta realidad también se entrecruza con las condiciones socio-económicos en las que se desenvuelve este colectivo, en ocasiones concentrados en la “banlieu” de las grandes ciudades, con pocas perspectivas de promoción social. Todos recordamos los graves sucesos de finales de 2005, tras la muerte de dos jóvenes musulmanes a manos de la policía de París. Octubre y noviembre de aquel año fueron testigo de la quema masiva de automóviles no sólo en la capital, sino también en Ruan, Dijón o Marsella. El modelo de convivencia evidenció sus carencias, pero no llegó a desaparecer. Jacques Chirac llamó a la calma mientras Dominique de Villepin emitió un comunicado animando a “no estigmatizar” las áreas directamente afectadas por la revuelta. Los electores franceses comprendieron el mensaje, no se dejaron llevar por la visceralidad y en 2007 volvieron a confiar en los partidos tradicionales. La presidencia se disputó entre Nicolas sarkozy (UMP) y Ségolène Royal (PS), con victoria del primero. Jean Marie Le Pen (FN) fue eliminado en la primera vuelta, al quedar en cuarta posición con el 10,44% de los votos.

   Una nueva fractura puso a prueba la trabazón de la sociedad francesa en 2015. Los atentados de Charlie Hebdo, el supermercado Kosher y Bataclan, tenían como objetivo agrietar la coexistencia entre comunidades. La clave socio-económica dio paso a la socio-religiosa. Nicolas Sarkozy advirtió del peligro cuando era Ministro del Interior en 2003. Con motivo de la fundación del Conseil Français du Culte Musulman afirmó: “Le damos la espalda al islam de los sótanos y de los garajes, al Islam clandestino que ha hecho mucho daño, para tener un Islam que viva a la luz del día”. En este discurso hacía referencia tanto a los atentados del Grupo Islámico Armado de la década de los noventa, como a los desafíos que estaban por venir. Al Qaeda y Daesh utilizaron ese “Islam clandestino” para doblegar nuestro sistema de libertades desde dentro. A diferencia de la citada crisis de 2005, ésta no fue espisódica, pues se nutrió de sucesivas acciones como el atropello múltiple de Niza. ¿Perdería Francia los nervios? Durante un tiempo el plan pareció funcionar, y la islamofobia se fue extendiendo por ciertas capas de la sociedad francesa. Pronto tuvimos noticia de ataques a mezquitas y pequeños comercios, al punto de llegar a disparar sobre un centro de oración musulman cerca de Narbonne a comienzos de 2015. Ese mismo año la irracionalidad comenzó a verterse contra los refugiados. Robert Ménard, un alcalde del Front National, se dedicó a recorrer las calles de Béziers para presentarse en las casas de los desplazados sirios y decirles: “En mi ciudad no es bienvenido, le repito. Váyase”. El clímax llegó en verano de 2016, cuando varios ayuntamientos prohibieron el uso del llamado “burkini” en sus playas. La estigmatización era creciente, insoportable, tanto que el Consejo de Estado Francés tuvo que tomar cartas en el asunto y anuló aquella medida.

   Al mismo tiempo, proyecciones electorales como la publicada por Le Figaro en septiembre de 2016, pronosticaban la victoria de Marine Le pen (FN) en primera vuelta. La campaña de odio perpetrada por los yihadistas estaba dando sus frutos, poniendo en peligro la integridad moral de Francia y de toda Europa. Por si esto fuera poco, la recta final de la campaña fue testigo de un nuevo atentado. El pasado 20 de abril Abu Yusuf “el belga” abrió fuego en los Campos Elíseos de París matando a un policía e hiriendo a otros dos. El crimen fue reivindicado por Daesh, identificando además al terrorista que resultó abatido en la refriega. ¿Cómo era posible frenar a la extrema derecha en aquellas circunstancias? Contra pronóstico, sacando fuerzas de flaqueza, los valores republicanos supieron imponerse a la irracionalidad. Emmanuel Macron (EM) fue el depositario de esa fe inquebrantable que no entiende de provocaciones sino de principios, y que llegó a otorgar un 66,10% de votos para seguir apostando por la convivencia. A ellos corresponde esta victoria y este reconocimiento. Parafraseando a Antoine de Saint-Exupéry termino diciendo: “Amigos franceses, desearía haceros absolutamente justicia”.

http://www.huffingtonpost.es/jaime-aznar-auzmendi/la-victoria-de-francia_a_22087021/

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