HACIA UN EJÉRCITO EUROPEO

El triunfo electoral de Donlad Trump ha supuesto un vuelco estratégico, cuyas consecuencias afectan a todo el hemisferio occidental. La agenda del nuevo presidente está siendo objeto de una fuerte polémica, pero no todas sus decisiones son fruto de la improvisación. El pasado 15 de febrero James Mattis, Secretario de Defensa de Estados Unidos, exigió a los socios de la OTAN que aumentaran su presupuesto en defensa. Si los aliados europeos mantienen los actuales niveles de inversión, Washington disminuirá su compromiso con la Alianza. ¿Se trata de una excentricidad más del magnate norteamericano? En absoluto. Hace casi tres años Brack Obama advirtió a la Unión Europea sobre sus recortes en gasto militar, insistiendo en la necesidad de llegar al 2% del PIB. Por otro lado, contextualizó la invasión rusa de Crimea en la falta de fuerza disuasoria. Ahora no sólo debemos velar por la seguridad en nuestra fachada oriental, sino responder a los embates del ISIS a medida que pierde terreno… Nuestro “arco de inestabilidad” crece por momentos.

     Al contrario de lo que pueda parecer, Europa lleva varias décadas abordando el reto de una defensa común. En 1950 los países fundadores de Comunidad Económica del Carbón y el Acero (CECA) trataron de poner en marcha la Comunidad Europea de Defensa, una iniciativa que no llegó a ver la luz tras la negativa del parlamento francés en 1954. Debieron pasar algo más de treinta años para asistir a la creación de la Brigada Franco-Alemana, fruto del acuerdo entre Helmut Kohl y François Mitterrand en 1987. El éxito de la experiencia sirvió para dar paso al Eurocuerpo en mayo de 1992. Poco después el Tratado de Maastricht puso en marcha la Política Europea de Seguridad Común (PESC), cuyo posterior desarrollo ha sido superado por los acontecimientos. En consecuencia, las voces proclives a la creación de un ejército europeo se escuchan cada vez con más fuerza. El presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, fue una de las más contundentes al optar por esta vía en 2015. Dicha cuestión fue objeto de debate en septiembre del año pasado, durante la cumbre de Bratislava. En aquella cita la Comisaria de Exteriores Federica Mogherini se reunió con los diferentes ministros de Defensa de la Unión, acordando mejorar la cooperación pero sin constituir una estructura propia. Esta tesis fue especialmente defendida por el representante británico Michael Fallon, quien afirmó: “vamos a seguir oponiéndonos a cualquier idea de un ejército europeo o cuartel general europeo”.

    Sin embargo las circunstancias han cambiado. De un lado la salida de Gran Bretaña complica la relación con sus fuerzas armadas, de otro, las advertencias de Francia nos ponen sobre aviso. A finales de 2016 el primer ministro Manuel Valls dijo: “el ejército francés no podrá ser eternamente el ejército europeo”. Sus palabras hilan perfectamente con la posición norteamericana, presente y pasada, que viene exigiendo un mayor esfuerzo económico. Es en esta coyuntura donde debemos situar las últimas decisiones tomadas por el ejecutivo español, desde el aumento del presupuesto en Defensa (un 30% en 2017) al despliegue de blindados y personal de tierra en Letonia. Tras el Brexit parece que la situación ha quedado desbloqueada. Quienes se mostraban indecisos hasta hace pocos meses, saludan la creación del nuevo cuartel general con sede en Bruselas. Se trata de un pequeño grupo de expertos, treinta para ser exactos, integrados en el Servicio Europeo de Acción Exterior (SEAE). A pesar de que se limitará a dirigir las operaciones militares no ejecutivas de Mali, República Centroafricana y Somalia, la prensa internacional ya lo ha calificado como el embrión del futuro Ejército Europeo. En 2018 está prevista la evaluación de su funcionamiento, antes de obtener la luz verde definitiva. ¿Por qué tardamos una media de sesenta años en desarrollar los engranajes básicos de nuestro proyecto? ¿Como pretendemos reivindicar la vigencia de la Unión, si no adquirimos un papel protagonista en la resolución de crisis internacionales?

Para acometer esta tarea sería necesario cambiar nuestra mentalidad cuasi nacionalista, y hacerlo en un momento en el que los populismos hacen su agosto con la cesión de soberanía. Por encima de los condicionantes económicos, incluso ideológicos, se precisa un grado de madurez que no hemos sabido alcanzar hasta la fecha. Miremos más allá de la dimensión militar y aprovechemos este impulso colectivo, rubricado en la cumbre de Versalles, a fin de alcanzar la única unión que en realidad importa: la política.

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