TORMENTA EN RUMANÍA

Unas 5000 personas abarrotaron en el centro de Bucarest el pasado 26 de febrero, para dibujar la bandera de la UE con sus móviles y lámparas flash. Parecía que todo había terminado tras el éxtasis del día 5, cuando decenas de miles de manifestantes se concentraron frente al edificio del parlamento rumano. La causa inmediata de estas demostraciones hay que buscarla en el decreto gubernamental que despenalizaba ciertos casos de corrupción. Además de la excarcelación de políticos y empresarios, el ejecutivo socialdemócrata trataba de beneficiar a cargos públicos del partido como Liviu Dragnea, condenado en 2015 por fraude electoral. La retirada del texto no ha producido el efecto esperado, pues son muchos los agravios acumulados.

     La noche del 30 de octubre de 2015 un pavoroso incendio se declaró en la discoteca “Colectiv” de la capital, provocando un total de 64 víctimas mortales y 147 heridos. Poco después de la tragedia comenzó a llegar información sobre la falta de seguridad del recinto. Los ciudadanos no tardaron en reaccionar frente a una negligencia forjada mediante mordidas y tratos de favor. Miles de rumanos se echaron a la calle para presionar a Victor Ponta, primer ministro en aquel entonces y también perteneciente al Partido Socialdemócrata (PSD). La renuncia llegó el 4 de noviembre, purgando además su escandalosa imputación por fraude, fraude fiscal y lavado de dinero. Pero el caso “Colectiv” tampoco debe interpretarse de forma aislada, sino como continuación de un ciclo más amplio. Entonces, ¿Dónde se originó esta insatisfacción? ¿Fue quizás entre 2012 y 2013, cuando otra gran movilización frenó el proyecto minero de Rosia Montana? Comencemos desde el principio.

   Desde el abrupto final de la dictadura comunista en 1989, la sociedad rumana emprendió una ardua transición hacia el libre mercado y la democracia. Muchos cuadros  provenientes del régimen de Ceausescu lograron sobrevivir engrosando las filas del PSD. No obstante, las sucesivas experiencias de gobierno han sido insatisfactorias, lastrando así la modernización del país. Una nueva generación nacida entorno a la década de los ochenta, ha decidido completar el camino iniciado por sus padres. Hablamos de un amalgama de gente joven, urbanita, trabajadora y preparada, cuyas reivindicaciones nos recuerdan al primer Maidan ucraniano de finales de 2013. Pese a la desazón generalizada, no se trata de un movimiento violento o eurófobo. Su principal objetivo es lograr la regeneración política, económica e institucional con la que tejer su porvenir. Dos formaciones podrían recoger los frutos electorales de este descontento: el Partido Nacional Liberal (PNL), de tendencia liberal-conservadora y al que pertenece el actual Presidente de la república Klaus Lohannis, o la recién creada Unión Salvar Rumanía (USR), cuya amplia base social recuerda a la llamada “nueva política” española. Pero la percepción de los rumanos es compartida fuera de sus fronteras. En 2012 la Comisión Europea lanzó una severa advertencia a través de José Manuel Duaro Barroso, quien declaró: “Vigilaremos estrechamente que el gobierno rumano cumple sus compromisos para garantizar el estado de derecho y la independencia judicial”. Su sucesor en el cargo Jean-Claude Juncker, ha afirmado recientemente: “la lucha contra la corrupción debe ser reforzada”. Mientras tanto, el informe anual de Transparencia Internacional sobre el “Índice de Percepción de la Corrupción” de 2016, volvió al país centro-europeo en el furgón de cola de la Unión Europea.

    Por otro lado los problemas de Rumanía adquieren una relevancia especial, ya que buena parte de la seguridad de Europa occidental se apoya en este país. Durante la primavera de 2016 los Estados Unidos completaron la instalación de su escudo anti misiles en suelo rumano, dónde además la OTAN dispone de la base de Deveselu. Al despliegue tecnológico se añade la presencia de tropas terrestres que desde el Báltico al Mar Negro, resguardan nuestra fachada oriental. Barack Obama aceleró el envío de soldados a comienzos de año para condicionar lo más posible la política exterior de Donald Trump. Se mire por donde se mire, la agitación social y la posible caída del ejecutivo llegan en un momento delicado. Primero por el cambio político sucedido en países vecinos como Moldavia y Bulgaria, donde las candidaturas simpatizantes de Vladimir Putin han llegado al poder, y en segundo lugar por la creciente injerencia rusa en nuestros procesos electorales. No solo se trata de Norteamérica, Holanda y Francia temen cyberataques similares. Si los rumanos vuelven a las urnas, ¿Correríamos el mismo riesgo? Y en consecuencia, ¿El miedo a un escenario incierto nos impedirá hacer lo correcto?

     Más allá de cualquier especulación, Rumanía nos enseña que la estabilidad solo puede emanar de una democracia saludable y una juventud con futuro.

http://www.nuevatribuna.es/articulo/europa1/tormenta-rumania/20170227120857137181.html

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