PUTIN, HOMBRE DEL AÑO

La revista Forbes acaba de presentar su listado anual con las personas más influyentes, otorgando la primera posición a Vladimir Vladimirovich Putin. Según la prestigiosa publicación el mandatario ruso “ha ejercido la influencia de su país en casi todos los rincones del globo; de la madre patria a Siria y las elecciones presidenciales de los Estados Unidos ”, enfatizando además su capacidad para “conseguir lo que quiere”. No cabe duda de que su estilo personalista se está convirtiendo en un referente, tan seductor como peligroso.

      Tras el naufragio de la URSS en 1991 y la calamitosa década Boris Yeltsin, el exdirector de los servicios secretos fue capaz de situar nuevamente a su país en la escena internacional. Ofreció un proyecto seductor que apelaba a la unidad, la estabilidad y el orgullo nacional, dejando atrás los años de zozobra. En la pasada cumbre del G-20 celebrada en China, el Presidente de la Federación presumió de los datos económicos logrados bajo su mandato. Entre ellos destacaba la reducción de la inflación, del déficit y la deuda externa, olvidando eso sí otro tipo de indicadores. Lo cierto es que la fragilidad sigue siendo una constante, marcada por la depreciación del rublo, la crisis financiera o la prolongada caída de los precios del petróleo. Rusia necesita diversificar su economía más allá del sector energético, una tarea pendiente desde hace más de quince años. El propio ministro de economía Alexey Ulyukayev reconoció la ausencia de reformas estructurales, como agravante de la actual situación. Pero a pesar de las dificultades, el gasto militar no deja de crecer. La competencia de la OTAN y su paraguas antimisiles brinda a Rusia la oportunidad de presentarse como víctima, y ampliar así su arsenal nuclear. Según datos del Instituto Nacional de Estocolmo para la Investigación de la Paz, Moscú incrementó su presupuesto de defensa un 7,5% en 2015, solo por detrás de Estados Unidos, China y Arabia Saudí. Teniendo en cuenta los frentes abiertos en Siria y Ucrania, parece que tal tendencia seguirá al alza.

      Sin embargo, no son sus números lo que dan a Putin esa imagen de triunfador. El populismo reconoce en él una especie de Gary Cooper en “Solo ante el peligro” o “Sargento York”. Sin una verdadera opinión pública ante la que rendir cuentas, puede presentarse a sí mismo como un líder rompedor, como un outsider. Desde violar las fronteras de estados soberanos hasta bloquear iniciativas humanitarias en el Consejo de Seguridad de la ONU, todo está permitido con tal de salirse con la suya. Pero eso sí, no le pidan cuentas. Aunque la situación en Alepo recuerde tanto a la de Gaza en 2014, con el bombardeo de escuelas y hospitales, ninguna flotilla de la libertad acudirá esta vez al rescate. Siguiendo la más fiel tradición de George W. Bush, el uso desproporcionado de la fuerza se ejerce en nombre de la lucha contra el terrorismo. ¿De verdad todas las facciones enfrentadas a Basahr al-Ásad, están integradas por fundamentalistas? ¿Incluimos también a quienes se resistieron a la ocupación de Crimea? Aquella misma doctrina que tanto nos indignó en 2003, al punto de abarrotar calles y plazas de toda Europa, está pasando extrañamente inadvertida. Ni siquiera somos capaces de adjudicar un mínimo de responsabilidad al Kremlin en la crisis de refugiados (para eso ya está Bruselas). Mientras tanto sus bombarderos pesados Tupolev 160, capaces de transportar misiles x-101 con ojivas nucleares de 250 kilotones, seguirán planeando desafiantes sobre nuestras cabezas.

      Desde el reinado de Pedro I el Grande, Rusia ha tenido la ambición de liderar un amplio conjunto de naciones. Nada hay que reprochar siempre y cuando se utilicen métodos legítimos. Las democracias occidentales no pueden ver en este tipo de comportamientos lesivos un modelo a imitar. Ahora que todo parece desmoronarse, resulta fácil confundir agresividad con liderazgo. Dicha trampa conceptual en la que incurren formaciones como Front National o Alternative für Deutschland, pretende inocular preceptos autoritarios en la sociedad. Estos guiños se hacen especialmente preocupantes cuando proceden de formaciones tradicionales como el Partido Republicano. Si bien es cierto que el idilio entre Vladimir Putin y Donald Trump ha sido sobredimensionado, se hace difícil ignorar las declaraciones del nuevo presidente norteamericano al respecto: “Es un gran honor ser halagado de esa forma por un hombre tan respetado dentro de su país y más allá”. No existen atajos que lleven a la realización plena de nuestros valores, ni aquí ni en ningún otro sitio.

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