CETA: UNA NUEVA ERA

La debate político-institucional que rodea el tratado CETA (Comprehesive Economic and Trade Agreement), y el también polémico TTIP (Transatlantic Trade and Investment Partnership) denota cierto anquilosamiento organizativo en la Unión Europea. Mientras existió la Guerra Fría los europeos nos conformamos con ser una yuxtaposición de economías nacionales, que iba cumpliendo su hoja de ruta sin excesiva prisa. La caída del Muro de Berlín en 1989 y el surgimiento de la Comunidad de Estados Independientes en 1991, nos abrieron los ojos a una nueva realidad. Maastricht, en 1992/1993, fue la primera respuesta de envergadura frente al desafío que se avecinaba. En aquella cita abandonamos definitivamente el concepto de “Comunidad” en favor de “Unión Europea”, soñando incluso con una divisa común. Empezábamos a jugar en equipo. Por desgracia, la firma del tratado constitucional de 2004 acabó en desastre, con negativas plebiscitarias tan sonadas como las de Francia u Holanda. Aquel fue un acto de inmadurez, pues en un contexto geopolítico mutable no hay lugar para el individualismo nacional. Lisboa trató de paliar el fracaso, pero lo hizo en vísperas de una de las mayores crisis que ha conocido Occidente. En consecuencia, ninguno de nuestros mecanismos políticos y económicos estaban lo suficientemente desarrollados. A ello contribuyó la cantidad de adhesiones que se produjeron como consecuencia del Tratado de Niza, alterando de manera decisiva nuestro orden de prioridades. Si algo hemos aprendido en la última década es que nos encontramos en un contexto dominado por los cambios, dónde la capacidad de adaptación es la cualidad más sobresaliente. ¿Tenemos las herramientas adecuadas para competir en este escenario?

     No se trata de pontificar a favor o en contra de CETA, cada cual tendrá su opinión, sino de señalar las dificultades añadidas que suponen este tipo de cuestiones para la Unión Europea. En primer lugar existe cierta inseguridad jurídica derivada de la marcha del Reino Unido, y el temor a posibles réplicas que puedan producirse en el futuro. Tengamos en cuenta que Londres seguirá formando parte del club hasta que se inicie el mecanismo del Brexit (marzo 2017), momento a partir del cual deberá negociar por su cuenta cualquier modificación. En segundo lugar el proceso de toma de decisiones, siempre lastrado por su opacidad y lentitud. Con un mapa institucional fragmentado, no es de extrañar que una sola región sea capaz de ralentizar el curso de los acontecimientos. De todas maneras, ¿Era necesario recurrir al bloqueo para que el Tribunal de Justicia de la UE cumpla su función, y verifique la compatibilidad de los sistemas de arbitraje con los tratados europeos? Sea como fuere, el anunciado acuerdo aún debe afrontar diversos filtros parlamentarios, por lo que el tratado CETA seguirá pendiente de refrendo. El futuro de un espacio que englobará a 508 millones de consumidores está en manos del Parlamento Europeo, y además, de cada uno de los parlamentos nacionales que hay dentro de la Unión. Ya que no hemos sabido dotar a la Eurocámara de la suficiente entidad, será necesaria una ronda adicional de votaciones en la que los escépticos tienen depositadas sus esperanzas. Si en alguna de ellas se obtuviese un resultado negativo, volveremos a la casilla de salida. Precisamente por ello, el optimismo escenificado por Donald Tusk, Jean-Claude Juncker y Justin Trudeau el pasado 30 de octubre quizás sea algo prematuro. En consecuencia: ¿Hasta qué punto podemos seguir funcionando con un sistema tan alambicado? Se hace difícil imaginar una dilación semejante en nuestros competidores, si bien es cierto que algunos de ellos son dictaduras y no están obligados a justificarse frente a sus ciudadanos.

     Creo que es posible reforzar y clarificar el engranaje institucional, sin menoscabo de la calidad democrática. El camino interrumpido en 2004 y que la fuerza de los acontecimientos nos obligó a retomar en 2012 (Pacto Fiscal Europeo), debe ser relanzado. Nuestras instituciones tienen que alcanzar el grado de madurez suficiente como para centralizar aquellas decisiones de índole supranacional, con la representatividad y legitimidad debidas. Completar la unión económica y política, es condición imprescindible si queremos seguir avanzando. Pero ¿Y los ciudadanos? También nosotros podemos formar parte de este proceso, articulando una amplia opinión pública continental, participando masivamente en las elecciones europeas y en la Iniciativa Ciudadana Europea, incentivando la acción sindical a través de la ETUC (European Trade Union Confederation)… Es necesario acabar con este interminable proceso de transición y zambullirnos sin reservas en el siglo XXI.

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