UCRANIA, DESAFÍOS DE UNA INDEPENDENCIA

El pasado 24 de agosto Ucrania cumplió 25 años como Estado independiente, tras una dilatada historia de conflictos, sacrificios y sufrimiento. Fue la segunda república más importante de URSS, tanto en población como en relevancia estratégica, motivo por el que Mijail Gorbachov quiso incluirla en su fallida Comunidad de Estados Soberanos. También Boris Yeltsin llegó a fantasear con algún tipo de unión tras el fin de la Unión Soviética, pero evidentemente no fructificó. Junto con la Unión Europea se abrió una nueva etapa en 2008, ratificada más adelante con la firma del Acuerdo de Asociación en marzo de 2014, el mismo documento que Yanukóvich se había negado a firmar un año atrás.

Desde entonces el país ha conocido una serie de presidentes, como Leonid Kravchuk, Leonid Kuchma, Víktor Yúshchenko o Víktor Yanukóvich, cuya gestión no supo dar respuesta a los anhelos del pueblo ucraniano. La desordenada transición entre una economía centralizada y otra de libre mercado llenó de frustración las calles del país, como prueban revoluciones de 2004 y 2013. El actual jefe de Estado Petró Poroshenko debe hacer frente a los mismos desafíos que sus predecesores. En primer lugar la excesiva dependencia externa,  ya que la economía ucraniana siempre ha necesitado de préstamos y planes de reestructuración. El FMI comprometió 15.500 millones de euros por un periodo de cuatro años, mientras Europa, Estados Unidos y diversas entidades aportan un total de 35.500 millones de euros. Ello es debido, entre otros motivos, a una contracción del 12% del PIB en 2015 o a la depreciación de la moneda nacional (grivna). Tampoco debemos olvidar que la búsqueda de mercados alternativos para el suministro de gas, antes predominantemente ruso, tiene su coste. En segundo lugar la inestabilidad política sigue sin conjurarse tras las elecciones presidenciales y legislativas de 2014, las primeras tras el último proceso revolucionario. La crisis más reciente ha sido protagonizada por Arseni Yatseniuk, quien dimitió como primer ministro el pasado mes de abril. Su enfrentamiento con el presidente Poroshenko, la renuncia del ministro de economía y un parlamento (Rada) hostil con moción de censura incluida, habían hecho insostenible su continuidad. Esta relación de prioridades estaría incompleta sin la corrupción, un mal tan persistente como difícil de enfrentar. Christine Legarde recordó  que la lucha contra las malas prácticas es parte esencial de las reformas exigidas, e incumplir dicho objetivo pondría en riesgo la ejecución de ayudas ya comprometidas. Sobra decir que la paciencia de los ucranianos está agotada, su indignación ante a las irregularidades corre en paralelo al empobrecimiento padecido, lo cual podría desembocar en nuevas protestas. ¿La entrada de Volodymyr Groysman, nuevo primer  ministro, reconducirá la situación? Así lo deseo, hay numerosos planes gubernamentales que requieren tiempo y constancia para dar sus frutos: administraciones públicas, fiscalidad, comercio exterior, transparencia,…

Pero ninguna de estas reflexiones tiene el menor sentido si dejamos de lado lo esencial: La guerra. ¿Qué clase de progreso puede darse en un Estado cuya soberanía ha visto violentada? Crimea sufre una segregación ilegal (Resolución 68/262 de la Asamblea General de la ONU), mientras en la región del Donbass se siguen produciendo bajas. La ineficacia de los acuerdos de Minsk II no es un rumor, ni siquiera una opinión, pues la propia OSCE viene denunciando los constantes y crecientes incumplimientos de la tregua. Por otro lado, las víctimas continúan siendo las grandes olvidadas. 9.200 personas han muerto en dos años de combates y cerca de 1,5 millones de civiles se han visto forzados a abandonar sus hogares.  Estamos siendo testigos de un enfrentamiento subrogado entre Oriente y Occidente, inconcluso, y diluido entre los trágicos titulares que llegan de Oriente Próximo.  A pesar de ello la diplomacia europea no dejado de actuar. En julio el Consejo de la Unión Europea decidió prorrogar las sanciones económicas contra Rusia hasta el 31 de enero de 2017, a pesar de voces discordantes como las de España o Francia. Abandonar las medidas coercitivas hubiera sido sumamente desacertado, pues las tensiones que están en su origen no se han solucionado. De haberlo de hecho, de haber cedido, hubiéramos proclamado ante la opinión pública internacional, que los europeos ponemos precio a la seguridad de un aliado. A estas alturas de la partida no podemos dejar en suspenso la integración euro-atlántica de un país, Ucrania, que un día llamó a nuestra puerta. Sigamos avanzando juntos.

JAB

 

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