FRANCIA, EN SU HORA DECISIVA

En 1941 el escritor y periodista Manuel Chaves Nogales afirmó que todo hombre civilizado tenía dos patrias: “la suya y Francia”. Sus palabras reconocían esa suerte de capitalidad emocional que los europeos hemos atribuido siempre a la tierra de Voltaire, y lo hacía precisamente en uno de los momentos más dramáticos del siglo XX. La descomposición de la sociedad gala, que a duras penas mantenía una apariencia de normalidad en vísperas de la invasión nazi, fue preludio y síntoma de una tenebrosa etapa para todo el continente. A pesar del tiempo transcurrido, de los progresos realizados, el corazón de Europa vuelve a mostrar signos de debilidad.

     Poco a poco uno de los pilares materiales e intelectuales de nuestra Unión se ha ido desgastando, aproximándose a un peligroso punto de no retorno. Francia ha sido vista como un referente de prosperidad y libertad con el que todos hemos fantaseado alguna vez, no obstante, la cantidad de frentes abiertos pone en grave riesgo su futuro. De un lado la economía, con tres millones de desempleados y un paro juvenil cercano al 25%, que hicieron decretar a François Hollande el estado de emergencia económica en enero de este año. Sus planes para redefinir el modelo económico francés se han visto afectados por la deuda pública acumulada, el déficit presupuestario, la baja demanda de bienes y servicios, y la precaria tasa de crecimiento. Todo ello ha multiplicado las presiones de la OCDE sobre el ejecutivo para reducir el tamaño del sector público, mientras el tejido empresarial demandaba una reducción de costes laborales tanto en la contratación como en el despido. Fruto de estas exigencias es la polémica reforma del mercado de trabajo o Ley El Khomri, que ha contado desde el primer momento con el rechazo de la oposición, los sindicatos y una parte importante de la opinión pública. Así pues, el divorcio entre el gobierno y la ciudadanía ha provocado a un más que evidente cisma social. Éste queda reflejado en la aparición del movimiento Nuit Debout (similar al 15-M), la proliferación de manifestaciones, huelgas e incluso disturbios, que por otro lado no parecen tener fecha de caducidad. Las negociaciones entre los agentes sociales y el Elíseo no han servido para reconducir una situación cuya envergadura aumenta de día en día, pues siete de cada diez franceses desaprueban la nueva legislación. Cómo era de esperar, las tensiones económicas y sociales han terminado por contagiar al liderazgo político del país. Mientras la popularidad del Presidente y su gabinete se hunde, se multiplican las grietas en el seno del Partido Socialista. El centro-derecha también se encuentra en crisis, embarcado como está en refundaciones y luchas internas. Todas estas circunstancias favorecen la “resistible ascensión” de la extrema derecha, como diría Bertolt Brecht.

     Pero la nación no sólo se encuentra empobrecida y dividida, además está siendo atacada. La irrupción del terrorismo no es del todo casual, sino que se aprovecha del la desmoralización colectiva para desestabilizar el país y ponerlo contra las cuerdas. Es cierto que el fanatismo islámico mata más musulmanes que occidentales, como demuestran los recientes atentados de Bagdad o Kabul, pero la reiteración de ataques en suelo francés indican cierta intención. Buscan en primer lugar atemorizar a la población atacándola en sus lugares de esparcimiento, ya sea un campo de fútbol, una sala de conciertos o un paseo marítimo, pero ante todo, desean poner fin al modelo de convivencia del que Francia siempre ha presumido. El asalto al supermercado kosher en enero de 2015 y el infame asesinato del sacerdote Jacques Hamel en Normandía, son claros indicadores. Su intención no es otra que inocular en nuestro tejido social la intolerancia y el fanatismo que guían sus execrables crímenes, contrarios por definición a nuestros principios fundacionales. Es comprensible que últimamente hayamos puesto el foco de atención en la salida del Reino Unido de la Unión Europea, pero Francia es nuestro verdadero desafío. Desde que Robert Schuman esbozara el eje París-Berlín en 1950, todo ha girado entorno a esta fórmula. No solo hace de puente entre la Europa del sur y del norte, sino que además es la clave de bóveda sobre la que descansan más de sesenta años de historia. La caída de Francia sería el último acto del proyecto europeo, y éste puede precipitarse en las elecciones presidenciales de 2017 si el populismo eurófobo se hace con la victoria. Nos encaminamos a la hora más decisiva: ¿Estamos preparados?

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