30 AÑOS DESDE LA CATÁSTROFE DE CHERNÓBIL

La década de los ochenta del siglo XX inició un ciclo excepcional de cambios, cuyas consecuencias son perceptibles en la actualidad. El más importante de ellos tuvo lugar en 1985, cuando un prometedor Mijaíl Goprbachov se hacía con las riendas de la Unión Soviética. Como ya hiciera Jruschov en 1956, el nuevo mandatario criticó el estancamiento de sus predecesores para sentar las bases de su revolución personal. Reestructuración económica (perestroika) y transparencia informativa (glasnost) fueron los buques insignia de un proyecto, que levantó sincera expectación a ambos lados del Telón de Acero. No obstante, la gran estrategia comenzó pronto a fallar.

     Durante las primeras horas del 26 de abril de 1986, una combinación fatal de errores humanos y defectos de diseño, provocó el estallido del reactor número cuatro de la central de Chernóbil. El accidente sobrepasó con creces lo ocurrido siete años antes en Harrisburg, Estados Unidos, convirtiéndose en el peor desastre atómico de la Historia. El coste en vidas humanas fue elevado, no cabe duda, pero las consecuencias políticas fueron igualmente demoledoras. Aquel acontecimiento iba a poner a prueba la credibilidad y el compromiso del nuevo gobierno soviético. ¿Estaban las reformas consiguiendo algún resultado? ¿Se había roto de una vez por todas con los métodos del pasado? Setenta años de férrea dictadura no podían eliminarse con un simple discurso, y el partido-Estado optó sin dudarlo por su propia supervivencia. Para ello era necesario recuperar las viejas recetas de la era Stalin, como el oscurantismo y la supresión de la verdad. Mientras miles de ciudadanos soviéticos corrían peligro, especialmente ucranianos y bielorrusos, el Kremlin guardó silencio. Esta parálisis provocó que se tardaran 30 horas en comenzar a evacuar Pripiat, la ciudad que albergaba a los trabajadores de la central y sus familias, y casi 72 horas en reconocer la existencia del accidente, gracias a la filtración de las autoridades suecas. Gorbachov, por ejemplo, no compareció en la televisión estatal hasta 19 días después de la explosión. Quedaba claro que la apertura proclamada en el XXVII Congreso del PCUS era una fantasía.

     La maquinaria totalitaria seguía utilizando la desinformación como medio de control de masas, circunstancia que favoreció las labores de limpieza, acondicionamiento y reparación en la zona de exclusión (30 km a la redonda). Además, todos los ámbitos profesionales sufrieron presiones para ocultar la realidad: Los periodistas no podían informar, los científicos eran reprendidos por tomar mediciones a la vista del público, los médicos tenían órdenes de no relacionar las dolencias de sus pacientes con la radiación, los militares escondían detalles sobre la peligrosidad de ciertos trabajos,… Incluso enterrar dignamente a los muertos se convirtió en una actividad clandestina. Cualquiera que se atreviera a hacer preguntas inapropiadas era rápidamente corregido, y negarse a tomar parte en aquellas labores suicidas podía costar el carné del partido o un largo periodo en la cárcel. Sin saberlo, muchos civiles se enfrentaron a una muerte segura, otros en cambio, siguen padeciendo graves problemas de salud al igual que su descendencia. Pero las autoridades soviéticas no podían controlarlo todo. Dado el elevado número de personas que participaron en las diferentes tareas, muchos de sus familiares comenzaron a incubar un peligroso sentimiento de indignación. El silencio empezó a quebrarse en los primeros meses de 1987, utilizando las facilidades de la glasnost contra el propio sistema. Lo que comenzó en Kiev como una serie de concentraciones silenciosas fue creciendo, fundiéndose con otros movimientos clandestinos de oposición y cristalizando en las grandes marchas de 1989. El eco de dichas reivindicaciones persiste en nuestros días, reclamando ayudas y atenciones aún por satisfacer.

     No cabe duda de que Chernóbil provocó la primera gran ruptura entre Gorbachov y el pueblo soviético. En sus memorias, el ex-presidente afirma que el desastre “tuvo desastrosas consecuencias para las reformas” e hizo que la URSS “perdiera el rumbo”. Efectivamente, la todopoderosa Unión Soviética se había convertido en una maquinaria obsoleta, incapaz de afrontar sus problemas desde un punto de vista constructivo. Sin embargo, la ajada central consiguió sobrevivir a la catástrofe tras ser parcheada con un precario sarcófago de hormigón, y no fue definitivamente clausurada hasta diciembre del año 2000. Como en tiempos del comunismo, las prioridades materiales volvieron a relegar la seguridad de los trabajadores. Toda una imagen de la lentitud con la que se producen los cambios en esta parte de Europa, y la consideración que tiene el individuo frente a la colectividad. Llegados a este punto del relato, la pregunta es obligada: ¿Hemos aprendido algo de aquella experiencia? Si somos capaces de ver más allá de los hechos concretos o del propio debate nuclear, la respuesta aparece con total nitidez. Mientras la manipulación continúe siendo una forma de gobierno y se antepongan las cuotas de poder al interés general, estaremos expuestos a nuevos engaños. Así pues el verdadero error de Gorbachov no fue subestimar el potencial de energía atómica, sino mentir (y sacrificar) a sus compatriotas.

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