UE-TURQUÍA: UN ACUERDO FALLIDO

Una de las mejores películas de la historia del cine, Casablanca, ambienta su acción en la desesperada marcha de miles de refugiados que huían de la Segunda Guerra Mundial. Su sueño de llegar a los Estados Unidos quedaba estancado en la costa atlántica del Marruecos francés, dónde confiaban su suerte a funcionarios corruptos y mafias locales. Aquel relato tiene muchas similitudes con lo que viene ocurriendo en nuestras playas desde finales de 2013, y viene a demostrar lo poco que hemos evolucionado en los últimos setenta años.

     Décadas de tratados, convenciones y reglamentos, han dejado de existir en el mismo momento que hemos malvendido nuestra tranquilidad por 6000 millones de euros. En este cheque en blanco hemos incluido, además, los derechos de miles de personas, así como una larga tradición garantista que nos había hecho merecedores del Premio Nobel de la Paz en 2012. ¿Quién nos iba a decir que la propia ONU, a través de ACNUR, acabaría señalando la ilegalidad de nuestras decisiones? La secuencia de esta claudicación comenzó a finales de verano de 2015, cuando 28 estados miembros fuimos incapaces de ponernos de acuerdo en un documento de mínimos para acoger refugiados. Una semana después de aquel desatino llegó la aprobación, in extremis y a regañadientes, del sistema sistema de cuotas. Gobiernos de todo color político han contribuido a malograr las 120.000 plazas asignadas aquel distante 22 de septiembre (sólo 18 han llegado a España), oscilando entre la desidia y la abierta oposición. Nuevas citas y mini-cumbres fueron jalonando el calendario para limar asperezas, como la del 25 de octubre o la del 19 de diciembre, pero el tiempo de las soluciones políticas se iba agotando. Entre finales de 2015 y principios de 2016 comenzó a ganar fuerza la opción turca, mientras en febrero empezaban las patrullas de la OTAN en el Egeo; un cambio de rumbo de barruntaba en el horizonte. El acuerdo final entre la UE y Turquía no ha sido en modo alguno una sorpresa, pero no por ello causa menos indignación. Ni siquiera un conciliador Martin Schulz, presidente del Parlamento Europeo, ha logrado atenuar las críticas de un gran número de europarlamentarios, tanto de la izquierda como de la derecha.

     En todo este proceso Bruselas ha tenido un papel menguante, incapaz de llamar al orden a los países díscolos, y menos aún de reconducir su actitud. Las decisiones unilaterales que se han tomado desde París hasta Atenas, han ido encaminadas a subvertir normas fundamentales como Schengen, el Convenio de Dublín, la Directiva 2001 o el Convenio Europeo de los Derechos Humanos. Sin embargo, ninguno de estos incumplimientos ha servido para solventar el problema. El hacinamiento de refugiados en Naesvet (Dinamarca), Calais (Francia), Salzburgo (Austria), Röszke (Hungría), o Gevgelija (Macedonia), nos demuestran que saltarse la ley sale muy caro, especialmente para los más vulnerables. En muy poco tiempo el egoísmo, la falta de integración y un más que dudoso europeísmo, han vuelto a levantar las barreras que, con tanto esfuerzo, habíamos abatido en 1989. Por este peligroso sendero se ha ido fortaleciendo el populismo xenófobo, logrando un creciente espacio en las urnas y los corazones de ciudadanos descreídos. A este esfuerzo han contribuído decisivamente unos lidreazgos caducos, desbordados tanto por la ingente responsabilidad del momento como por su propia mediocridad. Sólo así podemos explicar el cambio de rumbo que ha llevado de la acogida a la expulsión, o el obstinado cortejo de una Turquía poco interesada en la lucha contra el tráfico de personas. Ni que decir tiene que la calidad de la democracia otomana deja mucho que desear, tal y como pudimos ver el pasado 4 de marzo con el asalto policial al diario crítico Zaman, de Estambul.

     ¿Existe a caso otra solución? Mientras el Viejo Mundo se echa las manos a la cabeza, al otro lado del Atlántico hay un país que nos está dando una gran lección. Se llama Canadá, es una nación industrializada, democrática y occidental, que acaba de completar la rehubicación de 25.000 refugiados, con una inversión de 501 millones de dólares americanos. Su Primer Ministro, el liberal Justin Trudeau, prometió en campaña que su país haría un esfuerzo solidario, y en tan solo tres meses lo ha logrado. Coordinándose con organismos internacionales (IOM y ACNUR) y diversos gobiernos de Oriente Medio, sus resultados son más que sorprendentes. Fue él quien personalmente recibió a los primeros 163 sirios diciéndoles: “Bienvenidos, ya estáis a salvo en casa”. Sin embargo la ambición del gobierno canadiense no termina aquí, su ministro de inmigración John McCallun prevé dar cobijo hasta 57.000 refugiados a lo largo de 2016… Y no sólo de Siria, también de otras regiones en conflicto! Sí, hay esperanza, sí, existe un camino mejor. Así que abandonemos atajos y lamentos, exijamos a nuestros ayuntamientos, a nuestros gobiernos regionales y nacionales que sigan el ejemplo del señor Trudeau, que llamen a las puertas correctas y movilicen cualquier recurso disponible. Las cosas se pueden hacer de otra manera.

Sin título

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s