RUSIA: DE UCRANIA A SIRIA

Desde la firma de los acuerdos de Minsk II en la capital bielorrusa, y el subsiguiente alto el fuego de mediados de febrero (acaba de ser ampliado a 2016), Ucrania ha ido perdiendo protagonismo en actualidad internacional. Las complicaciones de la guerra civil siria y la avalancha de refugiados que se agolpan en la Europa del sudeste, alejaban de nuestra memoria acontecimientos como la anexión de Crimea o los enfrentamientos armados en Lugansk y Donetsk. Sin Embargo, el tiempo nos demuestra una vez más que todo, absolutamente todo, está interconectado.

El verdadero nexo de unión entre Ucrania y Siria la encontramos en la estrategia global de la diplomacia rusa, capitaneada por el ministro de Asuntos Exteriores Serguéi Lavrov, y naturalmente, Vladimir Putin. No se trata de una teoría de la conspiración, antes bien, forma parte de un hábil proceder que se basa fundamentalmente en sembrar el mapa de conflictos congelados. Entre abril de 2014 y febrero de 2015 se sucedieron una serie de conversaciones sobre el destino de Ucrania que nunca parecían llegar a buen puerto. Gracias al diseño de una hoja de ruta atractiva, se lograba atraer a las partes implicadas para poner en marcha una serie de conversaciones en cuyo transcurso, Rusia añadía algún elemento de tensión que lo hacía descarrilar. Mientras tanto, la guerra continúa sobre el terreno y Occidente iba renunciando conscientemente a alguno de sus objetivos. De esta manera, con una gestión del tiempo tan brillante, se consiguió la firma de unos compromisos que en vez de terminar con el conflicto, se limitan a conjurarlo temporalmente. Así ha ocurrido en el caso sirio entre 2012 y 2014, con Ginebra I y Ginebra II , y así ocurrió en el caso ucraniano durante 2014, con Ginebra y Minsk I.

Poco antes del estallido de la revolución ucraniana, en verano de 2013, François Hollande y Barack Obama confeccionaron un plan para intervenir militarmente en Siria. Este proyecto contó desde el primer momento con la oposición de Rusia, principal valedora del dictador Al Assad, así como sus aliados más próximos: China e Irán. Ante tales dificultades, Washington debió abandonar sus planes definitivamente en mayo de 2014, no sin antes darse una pequeña revancha con la crisis que tomaba forma en las calles de Kiev. Dado que estas relaciones ya se habían asentado en los tiempo en los que Yulia Timoshenko era primera ministro, el reconocimiento norteamericano y europeo de las nuevas autoridades ucranianas era inevitable. Con el nuevo orden del actual presidente Piotr Poroshenko, elegido también en el mes de mayo, Occidente se asegura el alejamiento entre Kiev y Moscú, un golpe que no llegó a ser definitivo debido al estancamiento de la guerra en el este del país. Pero todo cambió en enero de 2015, cuando la redacción parisina de la publicación satírica Charlie Hebdo fue atacada. En ese momento Ucrania pasó a un segundo plano, y en apenas un mes se firman los acuerdos de Minsk II en los que Europa demostró cierta desidia negociadora. Si bien es cierto que los intentos diplomáticos se habían producido desde el primer momento, queda una pregunta incómoda por formular: ¿Se cerró precipitadamente este capítulo, con vistas a centrar la agenda en Oriente Próximo?

A las puertas de un nuevo conflicto, que en realidad nunca ha sido declarado como tal, pese a las numerosas incursiones unilaterales acontecidas, Rusia se encontraba de nuevo al otro lado del picaporte. Recordemos que ya entre 2013 y 2014 se había enfrentado a las potencias occidentales para evitar una solución militar que no contase con su visto bueno, y era de esperar que sus pretensiones no hubieran variado desde entonces. En efecto, el Kremlin sigue sin variar sus métodos pero sus objetivos han cambiado ligeramente, ahora exige una negociación que no sólo incluya Siria sino también Ucrania, tal y como pudo comprobar John Kerry en su visita a Moscú. Putin retuerce la agenda una vez más merced a esos conflictos congelados que se solapan con diabólica precisión, siendo este el punto en el que ambos escenarios pasan a ser uno solo, aunque en planos diferentes. No es casualidad que las informaciones sobre Ucrania regresen a los medios, sobre todo con el gas y las sanciones económicas, pues forman parte de una nueva ronda negociadora que busca siempre el mismo objetivo : enzarzar al oponente en una dinámica que se extienda en el tiempo pero que apenas de frutos.

Es justo reconocer la habilidad rusa para lograr mantener abiertos dos conflictos sin solución a corto plazo, y que son activados a modo de segundo frente para frenar las aspiraciones de sus rivales. Pero no todo están siendo triunfos, el reciente enfrentamiento entre Rusia y Turquía trastoca los planes rusos de suministrar gas a Europa a través del gasoducto Turkish Stream, con el fin de evitar el uso las líneas de suministro ucranianas. Este giro inesperado de los acontecimientos nos altera la estrategia global de Putin, empeñado en que nada cambie, reafirmando así su liderazgo tanto a nivel internacional como doméstico.

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