GEORGIA, LA PUERTA EUROPEA AL CÁUCASO

La caída de la URSS, cuyo 25 aniversario tendrá lugar a finales de este año, supuso un golpe de timón indiscutible para la historia europea. Los antiguos países del Telón de Acero alteraron para siempre la configuración de la UE, abriendo las puertas a una expansión que antes de la crisis de 2008 parecía ilimitada. A pesar de los cambios experimentados en los últimos siete años, la ex-república soviética Georgia sigue siendo nuestra última frontera.

Sin continuidad territorial con el Viejo Mundo, este país caucásico figura entre la lista de estados a los que pretendemos acercarnos gracias a la Asociación Oriental de la Unión Europea, un ambicioso programa económico y político que trata de ensanchar nuestras fronteras hasta las mismas puertas del imperio ruso. Los recientes acercamientos a Ucrania o Moldavia se deben precisamente a este plan maestro que, como todos sabemos, está requiriendo más sacrificios de los esperados. La presencia europea en Tiflis reforzaría la influencia de Europa en el Mar Negro, controlando directa o indirectamente la práctica totalidad de su costa. Esta antesala del Mediterráneo es motivo de disputa desde el siglo XIX, cuando el imparable retroceso del Imperio Otomano dio lugar al expansionismo ruso. Ya sea a través de la UE, de la OTAN o de ambas al mismo tiempo, Occidente ha logrado una posición estratégica, con el fin de limitar al máximo la salida de Rusia al mar. Ahora que Oriente Próximo vuelve a entrar en ebullición, se hace doblemente necesario afianzar esta influencia, no sólo para compensar de alguna manera la pérdida de Crimea sino para limitar los nudos de comunicación y suministro entre Moscú y sus aliados orientales. Fruto de tales pretensiones es el reciente anuncio hecho por Francia de suministrar material y asesores militares al ejército georgiano, siempre en tensión con su vecino ruso.

Desgraciadamente estas amistades suelen ir acompañadas de tensiones no resueltas, que acaban por estallar en las manos de Bruselas. Acercarse a un país soberano con ánimo de entablar profundas relaciones bilaterales, acarrea compartir una serie de riesgos que en ocasiones no hemos sabido calibrar. Todos estos países escindidos de la antigua Unión Soviética acarrean problemas económicos, sociales, y sobre todo territoriales, pendientes de solución. Si en Moldavia tenemos la autoproclamada república de Transnistria, y en Ucrania la incompleta escisión de Nueva Rusia, además de la pérdida de Crimea claro está, Georgia cuenta con dos amputaciones importantes de su perímetro original. Osetia del Sur, en centro-norte del país y sobre todo Abjasia, que priva a los georgianos de la mitad de su costa. Sin reconocimiento internacional suficiente, ambos territorios cuentan con el apoyo de Rusia para condicionar unas relaciones que van de mal en peor. No hay relaciones oficiales entre ambos países desde 2008 (guerra de Osetia del Sur), tal y como acaba reiterar Tiflis el pasado 3 de enero. ¿Y por qué resulta tan estimulante la amistad de Georgia? Por el gas. La superficie de dicho país está surcada por dos gasoductos procedentes de Kazajistán y Turkmenistán respectivamente, que acaban llegando a territorio turco y de ahí a Europa occidental. Para dicho tránsito, especialmente el que proviene de Turkmenistán, es imprescindible la amistad de Azerbayán (Trans-Caspian Pipeline), otro Estado del Cáucaso que también figura en nuestro listado de la Asociación Oriental. Con tal sistema de alianzas no es de extrañar que Armenia, enemigo tradicional de turcos y azeríes, haya decidido fichar por la Unión Eurasiática de Putin.

Así pues, lo que la UE está haciendo es asegurar sus puntos vitales de suministro energético, más que promover una amistad basada en vínculos apenas existentes. Sólo así se explica que sigamos empeñados en escenarios difícilmente controlables, y en los que el riesgo de colisión con Rusia es cada vez mayor. Georgia es sin lugar a dudas el mejor ejemplo, un país lejano con dos conflictos congelados a sus espaldas no debiera representar una tentación para nadie, pero aún así, seguimos apostando por su permanencia en nuestra esfera de influencia. ¿Podemos atender verdaderamente las necesidades de los georgianos? La experiencia ucraniana nos habla de falta de capacidad disuasoria y diplomática por parte de la UE, que se ha visto forzada a firmar unos acuerdos de paz (Minsk II) con cierto aire claudicante. Si a ello sumamos los problemas surgidos en retaguardia, como la indisciplina de Hungría o Polonia, o la amenaza de salida por parte del Reino Unido, podría llegar a pensarse que estamos embarcados en una empresa demasiado grande para nuestros menguantes recursos, no sólo económicos sino políticos. A medida que los límites crecen lo hacen también las tensiones. Esperemos que la política georgiana no acabe convirtiéndose en otro pequeño desastre, que nos haga perder peso en la escena internacional… Perseguir las fuentes del Nilo puede acabar con la salud de cualquier explorador.

 

http://eurasianet.es/2016/01/georgia-la-ultima-frontera/#cite=49:1:Olm,52:224:nlm

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