RUSIA Y EL CHIÍSMO

Calmados los fuegos del este de Ucrania, al menos por ahora, el Kremlin ha decidido concentrar su atención en el rompecabezas de Oriente Próximo. La visita a Tel Aviv realizada por Vladimir Putin el pasado 14 de abril, nos habla de una nueva etapa en las relaciones entre Rusia e Irán. Benjamín Netanyahu sabe perfectamente que la venta de misiles rusos S-300 al régimen de los ayatolás invalida un posible ataque preventivo, pero ante todo, supone el fin de las medidas restrictivas que desde 2010 pesan sobre la venta de sistemas de defensa antiaérea. ¿A qué se debe este cambio de postura?

                Si comenzamos por identificar los principales clientes que Rusia tiene en la región, obtendremos un excelente punto de partida. La estrella del grupo es sin lugar a dudas Bashar al-Assad, el controvertido dictador sirio que con tanta dureza reprimió las protestas de 2011. Pocos meses más tarde comenzó una sangrienta guerra civil en la que las tropas gubernamentales han necesitado de un continuo abastecimiento. Las dudas de Occidente sobre los rebeldes contrastan con los generosos suministros rusos que han llegado ininterrumpidamente a los campos de batalla. Si a todo ello sumamos la base militar que Rusia posé en el puerto de Tartus, la implicación de Moscú se hace más comprensible. En segundo lugar destaca el gobierno de la República de Irak, una incipiente estructura estatal que a duras penas se asienta sobre los escombros de la invasión norteamericana. Solo en 2013 los rusos proporcionaron armamento por valor de 3235 millones de euros, cantidad que se vio reducida el año pasado tras suscribir un acuerdo por 750 millones. En el lote encontramos helicópteros de combate, cazas, misiles tierra-aire,… Aunque ya desde tiempos de la URSS había una reconocida relación entre ambos países, este renovado interés no ha pasado desapercibido. A esta lista debemos de sumar la República Islámica de Irán, que a su vez es el segundo proveedor más importante con el que cuenta Damasco pues entre otras cosas necesita de sus puertos para tener presencia en el Mediterráneo. Se trata de un calculado apoyo a fuerzas chiíes que combaten sin reservas al yihadismo suní. Rusia ha lanzado su propia versión de “guerra contra el terror”, y como todos parecen querer cortejar al Teherán en estos difíciles momentos, Putin decide extender sus redes comerciales.

                El interés de Rusia en Oriente no es nuevo, tanto la Guerra de Crimea como la Primera Guerra Mundial fueron muestras más que evidentes de la ambición zarista por progresar hacia el sur. La Revolución Rusa continuó dichos esfuerzos al asegurarse la posesión de Transcaucasia, principalmente Azerbaiyán. Entre 1920 y 1921 se estableció en el norte de Irán un proyecto de Estado llamado República Socialista Soviética de Persia, localizada en el norte, en la actual región de Guilán. Los desacuerdos internos y las presiones políticas británicas malograron una república que en verdad tenía una fuerte impronta rusa. Pero esta nueva política expansiva no se basa únicamente en una añeja visión imperial, sino que obedece también a un criterio más básico, íntimo, incluso primario: el miedo.  A pesar del tiempo transcurrido nadie ha olvidado ni las dos guerras de Chechenia, ni el extremismo que han provocado. Aunque ahora se trate de una región aparentemente pacificada, su nacionalismo aparece entremezclado con ciertas expresiones yihadistas que inquietan a Moscú. El autoproclamado Emirato del Cáucaso no existe más que sobre el papel, sin embargo ha inspirado alguno de los peores atentados de la historia reciente de Rusia. Precisamente por ello Moscú no desea que el Estado Islámico arraigue en Oriente Próximo y conquiste Siria, pues tal circunstancia pondría en peligro la precaria estabilidad de Daguestán, Ingusetia o la propia Chechenia. Para evitar esa peligrosa situación ha decidido apoyarse en quienes pueden contrarrestar de manera eficaz esta amenaza. El tridente chií / pro-chií de los gobiernos sirio, iraquí e iraní es la mejor baza, además de actores regionales importantes cuya amistad puede ser muy útil en el futuro.

                No estamos solo en su lucha contra el terrorismo. El interés compartido de frenar a las fuerzas de Abu Bakr al-Baghdadi, esconde una soterrada carrera entre Washington y Moscú por ganar terreno y aliados en esta despiadada lucha. ¿Quiénes sobrevivirán a esta guerra? ¿Por cuál de las dos potencias se inclinarán los futuros vencedores? Eso está por ver.

http://eurasianet.es/2015/04/rusia-y-el-chiismo/

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