RUSIA MIRA AL BÓSFORO

La paz se aleja nuevamente de Ucrania tras el fracaso de las conversaciones de Minsk. Entre las autoridades de Kiev y los separatistas se ha abierto un abismo que por el momento parece insalvable, prolongando la inestabilidad en la frontera oriental de la UE. Sin embargo, el repliegue táctico en torno a Lugansk y Donetsk ha dado tiempo a Rusia para replantear su estrategia y buscar una ruta alternativa.

             Unas puertas se han cerrado, al menos por el momento, mientras que otras se abren. Desde la victoria electoral del Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP) en 2002, la Unión Europea ha visto con cierto disgusto el ascenso de Tayyip Erdogan en Turquía. Se trata del único líder islamista-moderado que ha accedido al poder por vías democráticas y ha logrado retenerlo, como demostraron las elecciones presidenciales de 2014. Si hasta el momento Bruselas había tenido dudas sobre la incorporación de Turquía a su selecto club, el liderazgo incombustible de Erdogan ha servido para alimentar todo tipo temores. De un lado tenemos la deriva autoritaria del AKP que ha encontrado una creciente resistencia en los principales núcleos urbanos, y por otro la independencia de criterio con la que está diseñando su política exterior. El primero no es un asunto tan grave, al fin y al cabo la Turquía laica estaba controlada por una jerarquía militar muy propensa a los golpes de Estado, pero lo de hostigar a Israel en 2010 o comprar armamento de última generación a China en 2013 ha levantado verdaderas ampollas. Estos movimientos han sido observados por Rusia, cuya presencia en el Caucaso lo convierten en árbitro imprescindible en la región. Precisamente por ello y tras haber tenido que cancelar la construcción del gasoducto South Stream, Moscú ha movido ficha de manera rápida con el objetivo de ampliar su cuota de mercado. El acuerdo suscrito a finales de 2014 entre Gazprom y la compañía turca Botas, supone la construcción de un nuevo gasoducto que garantice el envío de 63000 millones de metros cúbicos de gas al año desde Rusia, exactamente la misma cantidad que pensaba transportarse con el fallido South Stream. Esta nueva línea llegaría hasta la Tracia Oriental, en la Turquía europea, a través del Mar Negro. A ello hay que sumar la ampliación del ya existente Blue Stream, cuya capacidad se verá incrementada en 3000 millones de metros cúbicos anuales.

             Pero las ambiciones rusas no terminan aquí. Si Turquía representa un eslabón relativamente débil de la Alianza Atlántica, Grecia lo es de la Unión Europea. La crisis de la deuda helena está provocando que los cantos de sirena provenientes del Kremlin, en forma de préstamo sin condiciones adicionales, se intensifiquen. Lo que empezó hace unas semanas como una formulación teórica del director para Europa de la Roubini Global Economics (RGE), Brunello Rosa, ha sido confirmado recientemente por el ministro de finanzas ruso Anton Siluanov. En declaraciones al canal norteamericano CNBC, Siluanov afirmó que: “si dicha petición se realiza de manera formal al gobierno ruso, sin duda la tendremos en cuenta”. Después de la amplia victoria de Syriza en las legilativas del 25 de enero y el mal pie con el que empiezan las negociaciones con la Troika, los planes rusos van tomando forma. A todo ello debemos sumar la intransigencia de Ángela Merkel, cuyo dogmatismo está provocando severas grietas en el tejido político-institucional de la UE. Sea como fuere, la pregunta que nos hacemos sigue siendo la misma. ¿De dónde va a sacar Rusia el dinero? ¿está realmente en condiciones de financiar tan ambiciosos planes? Las malas previsiones económicas con las que despidió el año, derivadas tanto de las sanciones a nivel internacional como de la bajada de los precios del petróleo, profetizan una seria recesión para este 2015. A pesar de la búsqueda de mercados alternativos en Turquía y China, llevará tiempo recalibrar la economía del país. Tampoco debemos olvidar que las tensiones actuales exigen una constante inversión en defensa, que la creciente presencia de la OTAN impide recortar. La caída del rublo y la incierta solución del conflicto ucraniano no son el tipo de augurios que puedan permitir a Vladimir Putin rescatar a una economía como la griega. No obstante hemos de tener en cuenta que una operación similar ya fue desplegada en 2013, cuando el depuesto presidente de Ucrania Viktor Yanukovich aceptó un rescate de 11000 millones, de los que solo obtuvo un primer tramo de 3000 millones. Posteriormente el FMI forzó la cancelación de dicho plan.

            Sin apenas opciones en el frente centro-oriental, Rusia opta por bordear a la Unión Europea y situarse en su flanco sur, más débil e inestable. A pesar de la situación de bloqueo en la que vivimos, Rusia nunca va a conformarse con ser un simple observador, pues en la medida de sus posibilidades seguirá determinando el rumbo del continente. Aunque no atraviese por su mejor momento y creamos intuir cierta improvisación en esta estrategia, nunca debemos subestimar el potencial de Moscú… Ahora la partida se juega en el Bósforo.

http://eurasianet.es/2015/02/rusia-mira-al-bosforo/

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