ELECCIONES EN UCRANIA

Tras once meses de enfrentamientos, un país dividido acudió a las urnas para sentar las bases de una nueva etapa política. Con fechas y hojas de ruta diferentes, el apoyo popular obtenido confirma la fortaleza de dos bloques que hasta el momento han sido incapaces de encontrar puntos de encuentro. Ahora que la vía institucional se refuerza y continúa el alto el fuego, es momento de que Ucrania  se aleje definitivamente del abismo.

                El pasado 26 de octubre un total de 24 oblast o regiones eligieron a sus nuevos representantes en la Rada, cerrando así el ciclo electoral iniciado con las presidenciales de mayo. Lo esperado de los resultados no resta importancia a un panorama dominado por los partidos pro-europeos. Destaca la formación del presidente Poroshenko que alcanzó la victoria con el 23% de los votos, mientras que el partido del primer ministro Yatseniuk obtuvo un 21%. Los grandes perdedores (todos ellos por debajo del 10%) fueron los sucesores del antiguo Partido de las Regiones, la extrema derecha de Svoboda y el partido Patria, además del Partido Comunista que queda fuera del parlamento. Por otro lado, el 2 de noviembre se votó en las dos regiones restantes del país, que desde la pasada primavera se fundieron en el autoproclamado Estado federal de Nueva Rusia. A pesar de la negativa occidental a su reconocimiento y las dificultades impuestas a algunos partidos, sus resultados han de ser tenidos en cuenta. Las actuales autoridades de Donetsk con Zajárchenko a la cabeza habrían obtenido el 70% de los votos, mientras que en Lugansk el oficialista Plótnitski llegó hasta el 63,8%. La contundencia de estos porcentajes se debe únicamente al contexto bélico en sí mismo, sino también al progresivo retorno de los de refugiados que huyeron a Rusia tras el inicio de la guerra civil.

                La primera conclusión que puede extraerse es la definitiva superación del ciclo político que desde 2004, había venido marcando el convulso ritmo de los acontecimientos. Tanto los herederos de Yanukovich como la propia Timoshenko han sufrido un fuerte castigo de los electoras, cuyas preferencias se identifican con nuevas formaciones dispuestas a trazar un rumbo totalmente distinto. El segundo cambio evidente se basa en el final de una política exterior contradictoria, que con el fin de mantener el equilibrio entre rusos y ucranianos había terminado por desgarrar a la nación. Anteriormente habíamos tenido una presidenta pro-europea que firmaba desventajosos acuerdos de gas con Rusia, y un presidente pro-ruso que negociaba hasta el último momento un acercamiento a la Unión Europea. Eso terminó. Desde ahora o se está con Kiev y su orientación inequívocamente europeísta o se está con la región del Donbass y su desafío secesionista. En un tercer escalón encontramos el cambio de valores experimentado por la sociedad ucraniana. A juzgar por los mensajes lanzados, por los programas y sus máximas, poco o nada queda de aquel espíritu reformador que desbordó las calles en un primer momento. De la regeneración democrática hemos pasado a una serie de reivindicaciones nacionalistas, excluyentes las más de las veces, que no hacen sino certificar la defunción de lo que fue un saludable movimiento ciudadano. En consecuencia, aquella Europa portadora de derechos y libertades, se ha convertido un mero escudo contra la influencia rusa.

                Las repercusiones internacionales de este proceso también han sido notables. La Unión Europea confirma su presencia hegemónica en Ucrania, aunque una vez más haya visto como sus apuestas concretas quedaban a las puertas del triunfo. Pero como el arte de la política consiste no sólo en mantener a los viejos amigos sino en hacer otros nuevos, el necesario entendimiento entre Poroshenko y Yatseniuk es una magnífica noticia para Bruselas. Además, la victoria de las fuerzas europeístas sirvió para que a los pocos días la Unión Europea, Ucrania y Rusia zanjaran su particular guerra del gas mediante un acuerdo que asegura el suministro hasta marzo de 2015. Por su parte Estados Unidos comprueba como la disidencia pro-rusa queda arrinconada en el noreste del país, favoreciendo así sus intereses estratégicos en la región. Estos comicios han ayudado a ampliar la potencial influencia norteamericana, que le permitirá hacerse presente en puntos tan emblemáticos como Kiev u Odesa. Así Occidente controla toda la demanda de combustibles fósiles desde París a Jarkov, obteniendo con ello una posición de ventaja tanto para negociar como para forzar un posible cambio de proveedor cuando Washington lo crea oportuno. Finalmente Rusia ha admitido las limitaciones de su política exterior reconociendo unos resultados que reflejan la pérdida definitiva de Ucrania, no sólo como aliado sino como posible integrante de la Unión Euroasiática. Sin embargo, la victoria pírrica en Nueva Rusia le permite insertar otra cuña en la retaguardia europea, al igual que la franja de Transnistria en Moldavia. Del mismo modo tampoco podemos olvidar que un total de seis regiones con importantes minorías rusas, se encuentran dentro de las fronteras Estado ucraniano. Podría decirse que ante el desarrollo de los acontecimientos, Moscú ha optado por un repliegue táctico a la espera de tiempos más propicios.

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