DEMOCRACIA A LA BÚLGARA

Cuando estamos a punto de cumplir el 25 aniversario de la caída del Muro de Berlín, sigue observándose una clara división entre la cultura política de oriente y occidente. La caída de la colación que gobernaba Bulgaria desde hace 14 meses (a consecuencia del fracaso electoral del Partido Socialista Búlgaro el pasado 25 de mayo), ha dejado ver las evidentes lagunas del sistema. Gran parte de la impopularidad cosechada por el ejecutivo de Plamen Oresharski se debe a su conexión con intereses oligárquicos. La corrupción también ha sido su seña de identidad, tal y como evidenció la trama de venta de pasaportes destapada por el cotidiano británico “The Telegraph”. Sin embargo esta no es la primera vez que la opinión pública se vuelve contra sus dirigentes, pues a principios de 2013 el gobierno Boiko Borisov se vio forzado a dimitir a causa del prohibitivo encarecimiento de la energía.

      Es esta sucesión de acontecimientos se aprecia cierta similitud con la crisis ucraniana, al menos en su origen. Antes de que el nacionalismo lograra sepultar la protesta social, las calles de Kiev eran un clamor contra oligarcas y malversadores. Igual ha venido ocurriendo en Sofía desde el verano de 2013, a raíz de las desafortunadas decisiones del nuevo gobierno. Pero los parecidos razonables no terminan aquí. Las relaciones con Rusia a cuenta del gas también han creado cierta polémica. Si a principios de la década el ya mencionado Borisov firmó un acuerdo con Vladimir Putin para permitir el tránsito del gaseoducto South Stream por suelo búlgaro, su sucesor declaró recientemente: “He ordenado suspender las actividades del inicio de la construcción de la tubería mientras transcurran las consultas con la Comisión Europea”. A pesar del visto bueno de Italia, Austria y Serbia, la negativa búlgara supone un serio revés para la viabilidad del proyecto. Ni que decir tiene que la diplomacia rusa ha lamentado dicho incumplimiento, pero la batalla por el control del centro y este de Europa no parece hacer muchas concesiones.

      Por otro lado, y hablando en clave económica, Bulgaria viene siendo motivo de preocupación desde hace algún tiempo. En 2010 y a pesar de haber recibido cuantiosos préstamos del FMI y BCE,  las autoridades europeas comenzaron a sospechar que el gobierno falseaba sus cuentas. En 2012 y 2013 el país tenía la mayor tasa de pobreza de la UE, no muy lejos de la española por cierto. Recientemente, una supuesta conspiración para tumbar la economía nacional, hizo cundir el pánico entre los ahorradores quienes comenzaron a sacar dinero de sus respectivos bancos,… Si a ello sumamos la sucesión de dos gobiernos dimisionarios en apenas un año, nuestras dudas se disparan. No es sin embargo la única nación del entorno con serios problemas institucionales, Rumanía y Hungría son ejemplos igualmente comparables. En conclusión puede afirmarse que la estabilidad a orillas del Danubio es excesivamente vulnerable. Tumultos, escándalos y elecciones anticipadas forman parte de un paisaje que en cualquier otro contexto resultaría inaceptable, por eso es necesario que la región de los Balcanes entre más pronto que tarde en la senda de la modernidad. Otros países del antiguo Telón de Acero han conseguido un nivel de progreso satisfactorio, como Chequia o Polonia, por lo que no se trata de un objetivo inalcanzable.

      La democracia europea no puede tener varias velocidades.

http://www.nuevatribuna.es/articulo/mundo/democracia-bulgara/20140801120553105648.html

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