LA CUESTIÓN TURCA

El vuelco propiciado por las elecciones europeas ha dejado nuestro firmamento político plagado de nuevas y desafiantes estrellas. Marine Le Pen es la más refulgente de ellas y como nueva lideresa de la derecha gala, ha comenzado a dar sus primeros aldabonazos. El que da pie a esta reflexión se basa en su rechazo a la entrada de Turquía en la Unión Europea, principio que le ha llevado a exigir el veto a tales pretensiones. Aunque parezca un asunto más bien accesorio, la evidente reconstrucción del bloque ruso obliga a valorar más detenidamente esta cuestión.

          Las relaciones de Turquía con la Europa moderna se remontan a principios del siglo XX, con la fascinación que la Alemania del Kaiser Guillermo II ejercía sobre Enver Pachá. El país se alineó con los Imperios Centrales durante la Primera Guerra Mundial y se mantuvo neutral en la Segunda.  Tras un profundo programa de occidentalización impulsado por Kemal Ataturk en los años 20, el país acabó integrándose en la OTAN en 1952. Su relación con el proyecto político europeo arranca en 1963, culminando en 1999 al ser aceptada como candidata a integrarse en la UE. Sin embargo, no será hasta 2005 que logren superarse los recelos de Austria y especialmente Chipre, cuyo suelo fue parcialmente invadido en 1974 (Operación Atila). Así pues llevamos diez años de negociaciones que no parecen llevar a ningún sitio. Europa nunca confesará la incomodidad que le supone permitir la entrada de un Estado con mayoría musulmana, pero a este prejuicio se unen problemas reales. El trato a la minoría kurda o la existencia de la República Turca del Norte de Chipre son dos buenos ejemplos, aunque lo verdaderamente inquietante es la reislamización del país. Desde 2003 no solo se producen situaciones de represión y censura fuera de lo común, sino que la política exterior se está regionalizando peligrosamente. Este comportamiento le ha llevado a enfrentarse con aliados de Occidente tales como Israel, o a coquetear con nuestros competidores más directos. En octubre del año pasado adquirió un sistema antimisiles chino por valor de 3.440 millones de dólares. ¿Estará Turquía cansada de esperar?

          Un caso similar y relacionado, aunque con notables diferencias, ilustra lo que puede ocurrir a corto-medio plazo con el gobierno de Ankara. Tigran Sargsián, primer ministro de la vecina Armenia, anunció a finales de 2013 la decisión de su país de formar parte de la Unión Aduanera, embrión de la futura Unión Eurasiática. Este gran proyecto multinacional liderado por Rusia ha logrado atraer finalmente a los armenios, pese a haber establecido relaciones con la Unión Europea en 1996 mediante la firma del Acuerdo de Asociación y Cooperación. Naturalmente no es un caso del todo comparable, el grado de acercamiento de Armenia a la UE era mucho más superficial que el de Turquía, pero aún así se había demostrado un interés mutuo que no ha llegado a buen puerto. Ni que decir tiene que como vecinos son adversarios de los turcos y los azeríes, otra nación túrquica, y que tales relaciones han determinado su adhesión. No obstante cabe reflexionar sobre la cantidad de problemas en los que podemos vernos envueltos si Rusia decidiera seducir a nuestros amigos turcos. Una de las razones para integrar a Turquía en la OTAN, si no la más importante, es cerrar el paso de la armada rusa al Mediterráneo. Retener el estrecho del Bósforo en nuestra área de influencia supone un seguro contra la poderosa flota del Mar Negro anclada en Sebastopol (Crimea). Una defección turca del campo occidental es improbable, pero a medida que se prolongan las dilaciones y crecen las declaraciones anti-turcas, más probabilidades hay de que el escenario se complique.

          A pesar de ello Bruselas parece no dar prioridad a esta potencial amenaza. El presidente de la Comisión Europea acaba de anunciar la firma de un acuerdo de asociación con Georgia, evidenciando que nuestras preferencias se hallan en el Cáucaso y no en Anatolia. Recordemos que quienes rigen los destinos de Turquía tienen una filosofía política distinta a la de aquellos que iniciaron su aproximación a Europa, hace poco más de un siglo. Sus coordenadas y modelos son diferentes, al igual que sus reacciones. Debemos ser exigentes con la calidad democrática del país, con los derechos de sus hombres y mujeres, pero sin perder de vista a nuestro principal adversario. Vladimir Putin, admirado justamente por Marine Le Pen, es un mandatario audaz, duro y decidido a recuperar la influencia que tuvo la Unión Soviética. Nos encontramos en los albores de una nueva Guerra Fría que vuelve a jugarse en un tablero global. No podemos permitirnos ningún déficit de atención en nuestra periferia, tal y como se ha venido confirmando en los últimos años. Va siendo hora de que anticipemos la jugada de nuestro oponente y amarremos la fidelidad de Turquía antes de que sea demasiado tarde.

http://www.nuevatribuna.es/articulo/mundo/cuestion-turca/20140529131243103897.html

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